jueves, 14 de septiembre de 2023

TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. Primera Parte. Cuestión Segunda.

 ACERCA DE DIOS, SI DIOS EXISTE.

Puesto que la intención principal de la doctrina sagrada es dar a conocer a Dios, no sólo como es en sí mismo, sino también en cuanto principio y fin de todas las criaturas y especialmente de la racional, como queda claro por lo ante-riormente expuesto, en la exposición de esta doctrina, trataremos, en primer lugar, de Dios; a continuación, del movimiento de la criatura racional hacia Dios y, en tercer lugar, de Cristo que, en cuanto hombre, es nuestro camino para ir a Dios.El tratado acerca de Dios se dividirá, a su vez, en tres partes. En la primera estudiaremos lo que pertenece a la esencia divina; en la segunda, lo relativo a la distinción de personas y, en la tercera, de lo que se refiere al modo en que las criaturas proceden de Dios.Respecto a la esencia divina, hemos de considerar, en primer término, si Dios existe; después, cómo es o, más bien, cómo no es, y, por último, lo que se refiere a sus operaciones, es decir, su ciencia, su voluntad y su poder.Con relación a la existencia de Dios hemos de analizar tres puntos: Primero: si es evidente por sí misma. Segundo: si es demostrable. Tercero: si Dios existe.ARTÍCULO I Si la existencia de Dios es evidente por sí mismaDIFICULTADES. Parece que la existencia de Dios es evidente por sí misma.1. Decimos que es evidente por sí mismo aquello de lo que tenemos un conocimientos natural, como el de los primeros principios. Ahora bien, todos tenemos un conocimiento natural de la existencia de Dios, como dice el Damas- ceno. Luego la existencia de Dios es evidente por sí misma. 2. Se dice también que es evidente por sí mismo lo que se comprende con sólo reconocer sus términos, evidencia que el filósofo atribuye a los primeros principios de la demostración1, pues si se sabe lo que es el todo y lo que es la 1. Anal. Post. 72b 18.

48 TOMÁS DE AQUINOparte, al punto se comprende que el todo es mayor que cualquiera de sus partes. Y, si se entiende lo que significa el término Dios, al punto se comprende que Dios existe, porque con este término expresamos aquello que es mayor que cuanto pueda ser concebido, y mayor es lo que existe en el entendimiento y en la realidad que lo que sólo existe en el entendimiento. Por tanto, si con sólo entender el término Dios, existe en el entendimiento, hemos de concluir que existe también en la realidad. Luego la existencia de Dios es evidente por sí misma.3. Es también evidente por sí mismo que la verdad existe, porque quien niegue su existencia concede que existe, ya que, si la verdad no existe, sería verdadero que la verdad no existiese y, si algo es verdadero, es necesario que exista la verdad. Ahora bien, Dios es la verdad misma, como se dice en San Juan: «Yo soy el camino, la verdad y la vida»2. Luego la existencia de Dios es evidente por sí misma.POR EL CONTRARIO, nadie puede concebir lo opuesto a lo que es evidente, como dice el Filósofo3 al hablar de los primeros principios de la demos-tración. Sin embargo, es posible concebir lo contrario de la existencia de Dios, según dice el Salmo: «Dijo el necio en su corazón: no hay Dios» . Luego la exis-tencia de Dios no es evidente por sí misma.RESPUESTA. Una proposición puede ser evidente de dos manera: en sí misma, pero no para nosotros, o en sí misma y para nosotros. Una proposición es evidente en sí misma, si el predicado está incluido en el concepto del sujeto; por ejemplo, «el hombre es animal», pues «animal» está incluido en el concepto de hombre. Por consiguiente, si todos conociesen la naturaleza del sujeto y del predicado de cualquier proposición, ésta sería evidente para todos, como lo son los primeros principios, cuyos términos —ser y no ser, todo y parte, y otros semejantes— son tan conocidos que nadie los ignora. Si, por el contrario, algunos desconocen la naturaleza del predicado y del sujeto, la proposición será sin duda evidente en sí misma, pero no lo será para quienes lo ignoran. Por ello sucede, como dice Boecio5, que hay ciertos conceptos comunes que sólo son evidentes para los sabios, como que lo «incorpóreo no ocupa lugar».Por consiguiente, afirmo que la proposición «Dios existe» es evidente en sí misma, porque en ella el predicado se identifica con el sujeto, pues, como más adelante mostraremos, Dios es su misma existencia. Pero no es evidente para nosotros, puesto que no conocemos la naturaleza de Dios, que, por el contrario, es preciso demostrar por medio de lo que nos es más conocido, aunque por su naturaleza sea menos evidente, a saber, por sus efectos.2. Juan, 14, 6. 3. Met. 1005b 11 y Anal. Post. 76b23. 4. Salmos, 52, 1. 5. De hebdomadibus, ML. 64, 1311.7. Rom. 1, 20. SUMA TEOLÓGICA 49SOLUCIONES1. En cuanto a la primera dificultad, he de decir que tenemos natural mente cierto conocimiento confuso de la existencia de Dios, en cuanto él cons tituye la felicidad del hombre, y puesto que éste desea por naturaleza la felicidad, ha de conocer naturalmente aquello que naturalmente desea. Sin embargo, esto no es realmente conocer a Dios, como conocer que alguien llega no es conocer a Pedro, aunque sea Pedro quien llega. Así, para muchos el bien perfecto del hombre, que es la felicidad, son las riquezas; para otros, son los placeres, para otros, alguna otra cosa. 2. En cuanto a la segunda, he de decir que es muy posible que quien oiga el término Dios no entienda que expresa algo superior a cuanto pueda ser conce bido, pues incluso algunos han creído que Dios era corporal. Sin embargo, aun suponiendo que el término Dios signifique para todos lo que se afirma, es decir, que es aquello mayor que puede ser concebido, no por ello se ha de concluir que entienden que lo expresado por el término existe en la realidad, sino sólo en el concepto del entendimiento. Ni puede deducirse tampoco que exista en la realidad, a no ser que se acepte previamente que hay algo en la realidad, superior a cuanto pueda ser concebido, lo cual no aceptan quienes sostienen que Dios no existe. 3. En cuanto a la tercera dificultad, he de decir que, en sentido general, es evidente que la verdad existe, pero no lo es para nosotros que exista la verdad primera. ARTÍCULO 2 Si la existencia de Dios es demostrableDIFICULTADES. Parece que la existencia de Dios no es demostrable.1. Porque la existencia de Dios es un artículo de fe. Pero lo que es de fe no se puede demostrar, porque la demostración hace ver y la fe se refiere a lo que no puede verse, como afirma el Apóstol6. Luego la existencia de Dios no es demostrable. 2. Además, la base de la demostración es lo que es el sujeto. Pero de Dios no podemos saber lo que es, sino sólo lo que no es, como dice el Damasceno. Luego no podemos demostrar la existencia de Dios. 3. Si se demostrase la existencia de Dios, sólo podría hacerse por sus efectos. Pero sus efectos no guardan proporción con él, pues él es infinito y aqué llos son finitos; y lo finito no guarda proporción con lo infinito. Por consiguiente, puesto que no se puede demostrar una causa por un efecto que no guarda propor ción con ella, parece que no se puede demostrar la existencia de Dios. 6. Heb. 11, 1.5O TOMÁS DE AQUINO2 POR EL CONTRARIO, dice el Apóstol, que «lo invisible de Dios se conoce por lo que él ha hecho»7. Pero esto no sería posible si no pudiese demostrarse la existencia de Dios por las cosas que él ha hecho, ya que lo primero que es preciso averiguar acerca de algo es si existe. 3 RESPUESTA. Hay dos clases de demostraciones. Una, denominada «propter quid», que parte de la causa y que discurre de lo absolutamente primero a lo posterior. Otra, llamada demostración «quia», que parte del efecto y que discurre de aquello que es únicamente primero para nosotros, pues cuando un efecto es para nosotros más claro que su causa, por el efecto llegamos al conoci miento de la causa. Así, partiendo de un efecto cualquiera, puede demostrarse la existencia de su causa (siempre que conozcamos mejor el efecto), porque, depen diendo el efecto de la causa, si el efecto existe, es necesario que la causa le preceda en la existencia. Por tanto, aunque la existencia de Dios no sea evidente para nosotros, es, sin embargo, demostrable por los efectos que nos son conocidos. 4 SOLUCIONES 1. En cuanto a la primera dificultad, he de decir que la existencia de Dios y otras proposiciones semejantes que podemos conocer acerca de él, por la razón natural, como dice el Apóstol8, no son artículos de fe, sino preámbulos a los artículos, pues la fe presupone el conocimiento natural, como la gracia presu pone la naturaleza y la perfección lo perfectible. Nada impide, sin embargo, que alguien que no entienda la demostración, acepte por fe lo que de suyo es demos trable y cognoscible. 2. En cuanto a la segunda, he de decir que, cuando se demuestra la causa por el efecto, es necesario usar el efecto en lugar de la definición de la causa para demostrar la existencia de ésta, especialmente cuando se trata de Dios; porque para probar la existencia de una cosa, es necesario tomar como medio lo que significa su nombre y no lo que es, ya que antes de preguntar qué es una cosa, primero hay que investigar si existe. Ahora bien, los nombres que damos a Dios los tomamos de los efectos, como más adelante mostraremos; luego, para demostrar la existencia de Dios por sus efectos, podemos tomar como medio lo que significa el término Dios.3. En cuanto a la tercera dificultad, he de decir que, aunque por los efectos que no guardan proporción con su causa es imposible alcanzar un perfecto conocimiento de ella, sin embargo, por un efecto cualquiera, puede demostrarse sin duda la existencia de su causa, como anteriormente dijimos. Y de este modo, es posible demostrar la existencia de Dios por sus efectos, aunque por medio de ellos no podamos conocerle perfectamente según su esencia. 7. Rom. 1,20.8. Rom. 1, 19. SUMA TEOLÓGICA 5:ARTÍCULO 3 Si Dios existe DIFICULTADES. Parece que Dios no existe.1. Porque si de dos contrarios uno fuera infinito, el otro sería totalmente anulado. Ahora bien, por el término Dios entendemos precisamente que es un bien infinito. En consecuencia, si Dios existiese, no hallaríamos mal alguno. Sin embargo, descubrimos que hay mal en el mundo. Luego Dios no existe. 2. Además, lo que pueden realizar pocos principios no lo hacen muchos. Y, suponiendo que Dios no exista, parece que cuanto vemos en el mundo puede ser hecho por otros principios, pues los seres naturales remiten a su principio, que es la naturaleza, y los libres al suyo, que es la razón humana o la voluntad. Por consiguiente, no hay necesidad alguna de recurrir a la existencia de Dios. POR EL CONTRARIO, en el libro del Éxodo 9, dice Dios de sí mismo: «Yo soy el que soy». RESPUESTA. La existencia de Dios se puede demostrar por cinco vías. La primera y más clara se funda en el movimiento. Es evidente, y los sentidos lo atestiguan, que en el mundo algunas cosas se mueven. Ahora bien, todo lo que se mueve es movido por otro, pues nada se mueve sino en cuanto está en potencia respecto a aquello hacia lo que se mueve. Sin embargo, lo que mueve ha de estar en acto, ya que mover no es sino hacer pasar algo de la potencia al acto y esto sólo puede hacerlo lo que está en acto, del mismo modo que lo caliente en acto, como el fuego, hace que la madera, que está caliente en potencia, pase a estar caliente en acto. Pero no es posible que una misma cosa esté, al mismo tiempo, en acto y en potencia respecto a lo mismo, sino sólo en relación con cosas diversas; por ejemplo, lo que está caliente en acto no puede, al mismo tiempo, estar caliente en potencia, sino que está, a la vez, frío en potencia. Por consi-guiente, es imposible que una cosa sea, bajo el mismo aspecto y del mismo modo, motor y móvil o que se mueva a sí misma. Por tanto, todo lo que se mueve es movido por otro. Pero si lo que se mueve es movido, es necesario que lo sea por otro y éste por otro. Sin embargo, no es posible proseguir indefinidamente, pues, en ese caso, no habría un primer motor y, en consecuencia, no habría motor alguno, puesto que los motores intermedios no mueven sino por el movi-miento que reciben del primero, lo mismo que un bastón nada mueve si no es movido por la mano. Por tanto, es necesario llegar a un primer motor, que no sea movido por ningún otro y esto es lo que todos entienden por Dios. La segunda vía se basa en el concepto de causa eficiente. Encontramos que en las cosas sensibles hay un orden de las causas eficientes; sin embargo, no encontramos, ya que no es posible, cosa alguna que sea causa eficiente de sí9. 3, 14.52 TOMÁS DE AQUINOmisma, porque, si así fuere, sería anterior a sí misma y esto es imposible. Ahora bien, no es posible prolongar indefinidamente las causas eficientes, porque en todo orden de las mismas, la primera es causa de la intermedia, sea ésta una o varias, y ésta, a su vez, causa de la última y puesto que, suprimida una causa, se anula su efecto, si no existiese la primera de las causas eficientes, tampoco existiría la intermedia ni la última. Por tanto, si se prolongasen indefinidamente las causas eficientes, no habría causa eficiente primera y, en este caso, tampoco habría efecto último ni causas eficientes intermedias, lo cual es evidentemente falso. Por consi-guiente, es necesario sostener que existe una causa eficiente primera, a la que todos llaman Dios.La tercera vía, que se funda en lo posible y necesario, es la siguiente: descu-brimos, entre las cosas, unas que pueden existir o no existir, ya que encontramos seres que llegan a ser y que dejan de ser y, en consecuencia, pueden existir o no existir. Ahora bien, es imposible que tales seres hayan existido siempre, pues lo que puede no existir alguna vez no fue. Así pues, si todos los seres tienen la posibilidad de no ser, en algún momento no existió ser alguno. Pero, si esto es verdad, tampoco ahora debería existir ninguno, porque lo que no existe, no comienza a existir sino en virtud de lo que existe y, por tanto, si no existía ser alguno, era imposible que algo comenzase a existir y, en este caso, nada existiría, lo cual es sin duda falso. Por consiguiente, no todos los seres son posibles, sino que entre ellos es preciso que haya alguno que sea necesario. Y todo ser necesario o tiene la causa de su nece-sidad fuera de él o la tiene en él. Si la tiene en otro, puesto que no es posible prolongar indefinidamente las causas necesarias, tal como hemos demostrado en el orden de las causas eficientes, es preciso que exista un ser necesario por sí mismo y que no tenga la causa de su necesidad fuera de él, sino que sea la causa de la nece-sidad de los demás seres, al cual todos llaman Dios.La cuarta vía parte de los grados de perfección que descubrimos en los seres. Hallamos, en efecto, que, entre ellos, alguno es más o menos bueno, verda-dero y noble que otro, y algo, semejante observamos respecto a las demás cuali-dades. Pero más y menos se dicen de los seres según su diversa proximidad a lo máximo, como se dice que es más caliente lo que está más próximo al máximo calor. Por tanto, ha de existir algo que sea verísimo, óptimo y nobilísimo y, por ello, máximo ser, pues, como dice el Filósofo10, lo que es máxima verdad es máxima entidad. Ahora bien, lo máximo en cualquier género es causa de todo lo que existe en dicho género, del mismo modo que el fuego, calor máximo, es causa de todo calor, como afirma el Filósofo11. Por consiguiente, existe un ser que es la causa de la existencia, de la bondad y de cada una de las perfecciones de todos los seres y a ese ser le llamamos Dios.La quinta vía se funda en el gobierno del mundo. Vemos, en efecto, que algunos seres que carecen de conocimiento, como los cuerpos naturales, obran por un fin, como lo muestra el hecho de que, para conseguir lo que más les10. Met. 993b30. 11. Met. 993b25. «naSUMA TEOLÓGICA 53conviene, obran siempre, o con frecuencia, de la misma manera; de donde se deduce que alcanzan su fin no por azar, sino intencionadamente. Ahora bien, lo que carece de conocimiento no puede tender a un fin si no lo dirige alguien que conozca y entienda, como el arquero dirige la flecha. Luego existe un ser inteli-gente que dirige todas las cosas naturales a su fin y a éste lo llamamos Dios.SOLUCIONES1. En cuanto a la primera dificultad, he de decir que, según afirma san Agustín12, «siendo Dios el sumo bien, de ningún modo permitiría que existiese mal alguno en sus obras, si no fuera de tal modo bueno y poderoso que pudiese sacar bien del mismo mal». Luego pertenece a la infinita bondad de Dios permitir que existan males para obtener bienes de ellos. 2. En cuanto a la segunda, he de decir que, puesto que la naturaleza obra para obtener un determinado fin, dirigida por algún agente superior, es necesario considerar a Dios como causa primera de cuanto produce la naturaleza. De modo semejante, es necesario remitir las acciones intencionadas a una causa superior al entendimiento y la voluntad humanos, pues éstos son mudables y contingentes, y todo lo que es mudable y contingente tiene su causa primera en lo que es inmutable y necesario por sí mismo, como hemos mostrado.

ARISTÓTELES. POLÍTICA. LIBRO I, CAPÍTULO 1,1252a-1253a

 Vemos que toda ciudad es una comunidad y que toda comunidad está constituida en vista de algún bien, porque los hombres siempre actúan mirando a lo que les parece bueno; y si todas tienden a algún bien, es evidente que más que ninguna, y al bien más principal, la principal entre todas y que comprende todas las demás, a saber, la llamada ciudad y comunidad civil. No tienen razón, por tanto, los que creen que es lo mismo ser gobernante de una ciudad, rey, administrador de su casa o amo de sus esclavos, pensando que difieren entre sí por el mayor o menor número de subordinados, y no específicamente; que el que ejerce su autoridad sobre pocos es amo, el que la ejerce sobre más, administrador de su casa, y el que sobre más aún, gobernante o rey. Para ellos en nada difiere una casa grande de una ciudad pequeña, y en cuanto al gobernante y el rey, cuando la potestad es personal, el que la ejerce es rey; y cuando, según las normas de la ciencia política, alternativamente manda y obedece, es gobernante. Pero esto no es verdad, como resultará claro considerando la cuestión según el método que nosotros seguimos; porque de la misma manera que en las demás ciencias es menester dividir lo compuesto hasta llegar a sus simples, pues éstos son las últimas partes del todo, así también considerando de qué elementos consta la ciudad veremos mejor en qué difieren unas de otras las cosas dichas y si es posible obtener algún resultado científico sobre cada una de ellas. Observando el desarrollo de las cosas desde su origen se obtendrá en esta cuestión, como en las demás, la visión más clara. En primer lugar se unen de modo necesario los que no pueden existir el uno sin el otro, como la hembra y el macho para la generación (y esto no en virtud de una decisión, sino de la misma manera los demás animales y plantas, que de un modo natural aspiran a dejar tras sí otros semejantes), y el que por naturaleza manda y el súbdito, para seguridad suya. En efecto, el que es capaz de prever con la mente es naturalmente jefe y señor por naturaleza, y el que puede ejecutar con su cuerpo esas previsiones es súbdito y esclavo por naturaleza; por eso el señor y el esclavo tienen los mismos intereses. La naturaleza, sin embargo, ha establecido una diferencia entre la hembra y el esclavo, porque la naturaleza no hace nada con mezquindad, como los forjadores el cuchillo de Delfos, sino cada cosa para un solo fin; y cada órgano puede llevar a cabo su función de la mejor manera si no sirve para muchas, sino para una sola. Pero entre los bárbaros ha hembra y el esclavo tienen el mismo puesto, y la razón de ello es que no tienen el elemento que mande por naturaleza, su comunidad resulta de esclava y esclavo. Por eso dicen los poetas que «es justo que los griegos manden sobre los bárbaros», entendiendo que bárbaro y esclavo son lo mismo por naturaleza. De estas dos sociedades procede en primer lugar la casa, y Hesíodo dijo bien en su poema: «Lo primero la casa, mujer y buey para el arado»,

pues el buey, es el criado del pobre. Por tanto, la comunidad constituida naturalmente para la satisfacción de las necesidades cotidianas es la casa, a cuyos miembros llama Carondas «de la panera», y Epiménides de Creta «del mismo comedero»; y la primera comunidad constituida por varias casas en vista de las necesidades no cotidianas es la aldea, que en su forma más natural aparece como una colonia de la casa: algunos llaman a sus miembros «hijos de la misma leche» e «hijos de hijos». Esta es también la razón de que al principio las ciudades fueran gobernadas por reyes, como todavía hoy los bárbaros: resultaron de la unión de personas sometidas a rey, ya que en toda casa reina el más anciano, y, por tanto, también en las colonias, cuyos miembros están unidos por el parentesco. Y eso es lo que dice Homero: «Cada uno es el legislador de sus hijos y mujeres»,pues en los tiempos primitivos vivían dispersos. Igualmente dicen todos los hombres que los dioses se gobiernan monárquicamente, porque así gobernaban también ellos al principio, y aun ahora algunos, asemejando a la suya, lo mismo que la figura la vida de los dioses. La comunidad perfecta de varias aldeas es la ciudad, que tiene, por así decirlo, el extremo de toda suficiencia, y que surgió por causa de las necesidades de la vida, pero existe ahora para vivir bien. De modo que toda ciudad es por naturaleza, si lo son las comunidades primeras; porque la ciudad es el fin de ellas, y la naturaleza es fin. En efecto, llamamos naturaleza de cada cosa a lo que cada una es, una vez acabada su generación, ya hablemos del hombre, del caballo o de la casa. Además, aquello para lo cual existe algo y el fin es lo mejor, y la suficiencia es un fin y lo mejor. De todo esto resulta, pues, manifiesto que la ciudad es una de las cosas naturales, y que el hombre es por naturaleza un animal social, y que e insocial por naturaleza y no por azar o es mal hombre o más que hombre, como aquel a quien Homero increpa: «sin tribu, sin ley, sin hogar», porque el que es tal por naturaleza es además amante de la guerra, como una pieza aislada en los juegos. La razón por la cual el hombre es, más que la abeja o cualquier animal gregario, un animal social es evidente: la naturaleza, como solemos decir, no hace nada en vano, y el hombre es el único animal que tiene palabra. La voz es el signo del dolor y del placer, y por eso la tienen también los demás animales, pues su naturaleza llega hasta tener sensación de dolor y de placer y significársela unos a otros; pero la palabra es para manifestar lo conveniente y lo dañoso, lo justo y lo injusto, y es exclusivo del hombre, frente a los demás animales, el tener, él solo, el sentido del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto, etc., y la comunidad de estas cosas es lo que constituye la casa y la ciudad. La ciudad es por naturaleza anterior a la casa y a cada uno de nosotros, porque el todo es necesariamente anterior a la parte: en efecto, destruido el todo, no habrá pie ni mano, a no ser equívocamente, como se puede llamar mano a una de piedra: una mano muerta será algo semejante. Todas las cosas se definen por su función y sus facultades, y cuando éstas dejan de ser lo que eran no se debe decir que las cosas son las mismas, sino del mismo nombre. Es evidente, pues, que la ciudad es por naturaleza y es anterior al individuo, porque si el individuo separado no se basta a sí mismo será semejante a las demás partes en relación del todo, y el que no puede vivir en sociedad, o no necesita nada por su propia suficiencia, no es miembro de la ciudad, sino una bestia o un dios. Es natural en todos la tendencia a una comunidad tal, pero el primero que la estableció fue causa de los mayores bienes; porque así como el hombre perfecto es el mejor de los animales, apartado de la ley y de la justicia es el peor de todos: la peor injusticia es la que tiene armas, y el hombre está naturalmente dotado de armas para servir a la prudencia y la virtud, pero puede usarlas para las cosas más opuestas. Por eso, sin virtud es el más impío y salvaje de los animales, y el más lascivo glotón. La justicia, en cambio, es cosa de la ciudad, ya que la Justicia es el orden de la comunidad civil, y consiste en el discernimiento de lo que es justo. LIBRO III, CAPÍTULOS 7,8y 9,1279a-1281a Precisadas estas cuestiones, lo siguiente es investigar los regímenes políticos —cuántos por su número y cuáles son— y en primer lugar los rectos de ellos; pues entonces se clarificarán sus desviaciones, cuando se hayan definido. Puesto que régimen político y órgano de gobierno significan lo mismo, y órgano de gobierno es la parte soberana de las ciudades, necesariamente será soberano o un solo individuo, o unos pocos, o la mayoría; y cuando ese uno o la minoría, o la mayoría, gobiernan atendiendo al bien común, esos regímenes serán por necesidad rectos; y los que atienden al interés particular del individuo o de la minoría, o de la mayoría, desviaciones. Pues, o no hay que considerar ciudadanos a los que no participan, o deben tener participación en el beneficio. De los gobiernos unipersonales solemos llamar monarquía al que vela por el bien común; al gobierno de pocos, pero de más de uno, aristocracia (bien porque gobiernan los mejores [áristoi] o bien porque lo hacen atendiendo a lo mejor [áriston] para la ciudad y para los que forman su comunidad); y cuando la mayoría gobierna mirando por el bien común, recibe el nombre común a todos los regímenes políticos: república (politeia) (y es así con razón: pues es posible que un solo 1 individuo o unos cuantos destaquen por su virtud; pero ya difícil es que un número mayor se distinga en cualquier virtud, a no ser principalmente en la militar, ya que ésta se da en la masa. Por eso en este régimen político el sector partidario de la guerra es el más soberano y forman parte de él los que tienen las armas). Desviaciones de los citados son: la tiranía, de la monarquía; la oligarquía, de la aristocracia, y la democracia, de la república. La tiranía, en efecto, es una monarquía orientada al interés del monarca; la oligarquía, al de los ricos, y la democracia, al interés de los pobres. Pero ninguna de ellas presta atención a lo que conviene a la comunidad. CAPÍTULO 8 Hay que decir con algo más de extensión en qué consiste cada uno de estos regímenes políticos, pues la cuestión ofrece algunas dificultades y, a quien investiga filosóficamente sobre cada uno su método, y no sólo su actividad, le es propio no pasar por alto ni dejar de lado nada, sino clarificar la verdad en cada punto. Es la tiranía una monarquía, como se ha dicho, que ejerce un poder despótico sobre la comunidad. Hay oligarquía cuando controlan el régimen político los dueños de grandes fortunas, y, por el contrario, democracia, cuando lo ejercen los que no tienen un gran capital, sino que son los pobres. El primer problema atañe a la definición: pues si fueran los más, siendo ricos, quienes controlaran la ciudad, y democracia es cuando el pueblo tiene la soberanía —y del mismo modo, si en algún lugar sucediera que los pobres son menos q los ricos, pero por ser más fuertes detentan la soberanía de la ciudad—, podría parecer que no se ha dado una buena definición sobre los regímenes (al de que la democracia es la soberanía de los más y la oligarquía es la de un número pequeño); pero, aun en el caso de que se combine con la riqueza el número reducido, y con la pobreza la masa, para llamar así a estos regímenes —oligarquía aquél en que detentan las magistraturas los ricos, siendo pocos en número, democracia a aquél en que los pobres, siendo muchos en número—, se tiene una nueva dificultad; ¿cómo vamos a llamar a los regímenes hace un momento mencionados, a aquél en que los ricos son más numerosos y a aquél en que 1os pobres son menos, pero unos y otros son dueños del poder, si no hay ningún otro régimen político fuera de los citados? El razonamiento parece demostrar entonces que el tener la autoridad unos pocos o muchos es cosa que ha sucedido, aquello para las oligarquías y esto para las democracias, porque en todas partes los ricos son pocos y muchos los pobres (por eso no ocurre que los motivos dichos sean [motivos] de diferenciación), pero que en lo que se diferencian la democracia y la oligarquía entre sí e la pobreza y la riqueza; y necesariamente, donde gobiernen por dinero, ya menos o más, ese régimen será oligarquía y, donde los pobres, democracia, pero suele ocurrir, como dijimos, que aquéllos son pocos y éstos muchos. Pues sor ricos pocos, mientras que de la libertad participan todos; por estas causa disputan unos y otros por el poder. CAPÍTULO 9 Primeramente hay que averiguar qué límites dan de la oligarquía y de la democracia y qué es lo justo, tanto en una oligarquía como en una democracia, Pues todos se atienen a algo justo, pero llegan sólo hasta un cierto límite y hablan no de todo lo absolutamente justo. Por ejemplo, parece que igualdad es lo justo, y lo es, pero no para todos, sino para los iguales; y lo desigual parece que es justo, y ciertamente lo es, pero no para todos, sino para los desiguales. Otros prescinden de esto, del «para quiénes», y juzgan mal. La causa e que el juicio es sobre sí mismos; y, en general, la mayoría son malos jueces de sus propios asuntos. De manera que, como lo justo lo es para algunos y está distribuido del mismo modo en relación con las cosas y con las personas, según se ha dicho anteriormente en la Ética, aceptan la igualdad de las cosas, pero discuten la de las personas, principalmente por lo que se dijo hace un momento —porque juzgan mal lo que les atañe—, pero además porque al hablar unos y otros de algo hasta cierto límite justo, piensan que hablan de justicia sin más. Pues unos, sí son desiguales en algún aspecto, por ejemplo en sus riquezas, piensan que son totalmente desiguales; y otros, si son iguales en algún aspecto, por ejemplo en libertad, que son enteramente iguales. Pero no dicen lo más importante: pues, si formaron una comunidad y se reunieron por las riquezas, participan de la ciudad en tanto que de la propiedad, de manera que parecería válido el argumento de los oligárquicos (que no es justo que participe igual de las cien minas el que ha aportado una que el que aportó todo el resto, ni de las minas iniciales ni de las que se ganen). Y si tampoco lo han hecho para vivir sólo, sino para vivir bien (pues entonces también habría ciudad de esclavos y de los demás animales; y no las hay porque no tienen acceso a la felicidad ni a la vida por decisión propia), ni por una alianza, para evitar el ataque de alguien, ni por las transacciones comerciales y la mutua utilidad —pues en este caso los etruscos y los cartagineses y todos los que tienen esa clase de acuerdos entre sí serían como ciudadanos de una sola ciudad; y éstos tienen, desde luego, acuerdos sobre las importaciones y pactos de no agresión; pero ni se han creado magistraturas comunes a todos para esos asuntos, sino que son diferentes las de unos y otros, ni se cuidan unos de cómo deben ser los otros, de que ninguno de los sujetos a esos tratados sea injusto ni cometa infamia alguna, sino solamente de que no se dañen unos a otros, mientras que los que se preocupan por la buena legislación atienden al tema de la virtud y la maldad política—; si todo eso es así, es evidente que ha de preocuparse por la virtud la que de verdad se llama ciudad y no sólo de palabra. Pues, en otro caso, la comunidad se convierte en una alianza militar que sólo se diferencia espacialmente de aquellas alianzas con pueblos distintos, y la ley en un pacto que, como decía el sofista Licofrón, es garante de los derechos mutuos, pero incapaz de hacer buenos y justos a los ciudadanos. Que así ocurre, está claro. Pues, aunque alguien pudiera reunir los territorios en uno solo, de forma que la ciudad de Megara y la de Corinto se juntaran con sus murallas, a pesar de ello no hay una única ciudad. Ni tampoco si contrajeran matrimonio unos con otros, por más que ésta sea una de las sociedades características para las ciudades. Igualmente tampoco, si algunos vivieran por separado, aunque no tan lejos que no pudieran comunicarse, y tuvieran leyes para no perjudicarse en sus intercambios, como, por ejemplo, si uno fuera carpintero, otro campesino, otro zapatero y otro algún oficio similar, y fueran unos diez mil en número, pero no se comunicaran para nada más que asuntos como el comercio y la alianza militar, tampoco en ese caso hay una ciudad. ¿Y por qué motivo? Desde luego, no por la dispersión de la comunidad. Pues aunque convinieran en asociarse así (pero cada uno continuara usando su propia casa como ciudad) y en prestarse ayuda mutua, como si se tratara de una alianza militar contra sus agresores solamente, ni siquiera en este caso les parecería a quienes examinaran el tema con rigor que hay una ciudad, si sus relaciones fueran exactamente igual después de unirse y cuando estaban separados. Por tanto, es evidente que la ciudad no es una comunidad de territorio para no perjudicarse a sí mismos y por el intercambio. Esto tiene que existir, si es que va a haber ciudad; pero no porque se dé todo ello hay ya una ciudad, sino que es la comunidad para bien vivir de casas y familias, en orden a una vida perfecta y autosuficiente. Ahora bien, esto no existirá sí no habitan el mismo y único territorio y contraen matrimonios entre sí, Por eso surgieron en las ciudades relaciones familiares, fratrías, fiestas y diversiones para vivir en común. Y tal cosa es fruto de la amistad. Pues la decisión de vivir en común es amistad. Fin de la ciudad es, por tanto, el bien vivir, y todo eso está orientado a ese fin. La ciudad es la asociación de familias y aldeas para una vida perfecta y autosuficiente. Y ésta es, como decimos, la vida feliz y bella. Hay que suponer, en consecuencia, que la comunidad política tiene por objeto las buenas acciones y no sólo la vida en común. Por eso, a cuantos contribuyen en mayor grado a tal comunidad, les corresponde una mayor participación en la ciudad que a los que en libertad o estirpe son iguales o superiores, pero desiguales en la virtud política, o a los que sobresalen en riqueza, pero son inferiores en virtud. Pues bien, que todos los que discuten sobre los regímenes políticos hablan solamente de una parte de lo justo, queda claro con lo dicho.