jueves, 7 de abril de 2016

Un buen resumen de Nietzsche. Gracias a Wenceslao.

F.W. NIETZSCHE
EL MENSAJE DE ZARATUSTRA . La voluntad de poder
La voluntad de poder es uno de los conceptos más complejos y peor interpretados de la filosofía de Nietzsche. No se trata de un concepto político, como se ha entendido a veces, sino cósmico, biológico y psicológico.
Es un concepto cósmico en cuanto se refiere a un mundo en que las fuerzas y energías que lo pueblan chocan y luchan, se equilibran y desequilibran, se yuxtaponen y oponen sin principio ni fin. Toda fuerza se caracteriza por su impulso agónico (del griego agón = lucha), por la voluntad profunda de dominar lo que se resiste. El universo, dice Nietzsche en Más allá del bien y del mal, visto desde dentro, "sería justamente voluntad de poder y nada más".
La voluntad de poder no sólo rige el mundo físico. También la vida revela la misma actividad agónica, conquistadora. "La vida, como forma de ser que mejor conocemos es, específicamente, la voluntad de acumular fuerza: todos los procesos vitales tienen esa misma palanca: nada quiere conservarse, todo debe ser sumado y acumulado" (La voluntad de poder). Toda fuerza pretende aumentar su fuerza imponiéndose sobre otros.
Pero el escenario definitivo en que se desarrolla la gran lucha de las fuerzas opuestas o cohesionadas es el hombre. Para Nietzsche el concepto de voluntad, tal como ha sido entendido, no es más que una creación imaginativa, una generalización abstracta de los ricos movimientos interiores del hombre, nacida de otra noción: el yo, la autoidentidad, la personalidad inmutable. Esta concepción de la voluntad es una negación de la auténtica voluntad de poder que no nace de la razón, sino que es instintiva, inconsciente, que surge de los procesos corporales donde se crean y destruyen constelaciones de fuerzas. "El hombre es una pluralidad de voluntades de poder: cada una dotada de una pluralidad de medios de expresión y formas. Las llamadas 'pasiones' aisladas (por ejemplo, el hombre es cruel) no son más que unidades ficticias, en cuanto que lo que se presenta a la conciencia como homogéneo, procede de diversos instintos fundamentales, es resumido sintéticamente en forma de 'ser' o de 'facultad' o de 'pasión'" (La voluntad de poder). No existe, pues, eso que se ha llamado "voluntad", sino que lo que realmente existen son fuerzas pasionales que quieren el desencadenamiento de su propio poder y se expresan en forma de voluntades.
La voluntad de poder es una exaltación de la creatividad del hombre en cuanto es afirmación de lo terrenal, de la vida, en sus aspectos constructivo y destructivo. Es la energía que continuamente crea nuevas formas de vidas, que se opone a todo tipo de igualdad y que trata de imponer la jerarquía entre lo fuerte y lo débil, entre lo valioso y lo mediocre.
El eterno retorno
La idea del eterno retorno la tomó Nietzsche de la cosmogonía griega y de los presocráticos (es especial, de Heráclito). Como ya hemos comentado los griegos tenían una concepción cíclica del tiempo, acorde por otra parte con la observación de la repetición de los ciclos estacionales. A esta concepción se opone la concepción del tiempo que introdujo la religión judeocristiana. El tiempo, como la historia, tiene un principio, la creación, y un final, el Juicio en el que cada uno recibirá lo que merece.
Nietzsche afirma: "Todo va, todo vuelve; eternamente rueda la rueda del ser. Todo muere todo vuelve a florecer, eternamente corre el año del ser" (Así habló Zaratustrd). Sin embargo estas afirmaciones no tienen para él un sentido cosmológico. Tiene, en primer lugar, un sentido crítico y destructivo: una forma de oponerse a la concepción occidental del tiempo y a lo que eso representa; un intento de destruir el sentido cristiano y occidental de la historia. Ese es el sentido que pueden tener afirmaciones como las siguientes: "Todas la cosas derechas mienten. Toda verdad es curva".
Pero tiene también un sentido positivo, afirmativo, que es, además, el más importante. Se trata de afirmar que no hay más mundo que éste, que todo en él es bueno y justificable, que hay que permanecer fieles a esta tierra, que hay que decir sí a la vida. El eterno retorno es, pues, una forma de expresar el valor de la vida y la existencia, el deseo de que todo sea eterno, que se repita una y otra vez, un cierto amor al destino, un querer que nada cambie.
La muerte de Dios y la transvaloración de los valores
Una de las más famosas frase de Nietzsche: "Dios ha muerto". Esta frase alude de forma prioritaria a la situación a que ha llegado la civilización occidental como veremos más adelante. Zaratustra anuncia la muerte de Dios como una forma de hacer llegar a los hombres a los que se dirige la necesidad de que hay que realizar una inversión de los valores existentes hasta ahora, o mejor, una "trans-valoración". La moral vigente procede de espíritus enfermos que sólo han valorado todo lo que se opone a la vida. Hay que invertir esos valores. "Transvaloración de los valores, esta es mi fórmula" dice Nietzsche De ahí que escogiera la figura de Zaratustra; de ahí que se llame a sí mismo "inmoralista" y que afirme la inocencia de estar más allá del bien y del mal.
El superhombre
El tema del superhombre es también de una gran importancia en esta obra, y ha sido uno de los más comentados y también mal interpretado. Desde luego, una interpretación racista de esta noción es absolutamente inadecuada. Nietzsche no está hablando del resultado de la evolución biológica. El superhombre es ante todo un tipo moral, la meta a la que ha de aspirar el hombre, el estado a que se llega una vez que se reconoce que Dios ha muerto y con él todos los valores hasta ese momento vigentes. El superhombre es el hombre superior que no hace caso de los prejuicios de la gente, que no cree en la igualdad, que dice sí a las jerarquías, a la ineludible diferencia entre los hombres: la igualdad sólo conduce a una moral de rebaño, de esclavos.
Nietzsche nos propone con claridad la meta, pero no cómo ni cuándo vamos a llegar a ella. De forma metafórica en AHZ nos dice que el superhombre es el resultado de tres transformaciones: el camello que se convierte en león y el león en niño. El camello simboliza al hombre que se somete, que obedece ciegamente: sólo tiene que arrodillarse y recibir la carga. El camello quiere ser más y se rebela transformándose en un león. El león es el revolucionario, el nihilista que niega todos los valores. Pero el león ha de transformarse en niño, negar su autosuficiencia para, desde la inocencia, superar la prejuicios y recrear todos los valores. El superhombre es, por tanto, el primer hombre, posee la inocencia del niño que está más allá del bien y del mal. ¿Cuándo llegará el superhombre? ¿Dónde está?. La respuesta de Nietzsche es, como casi siempre, poética: "Allí donde el estado acaba, ¡mirad, allí, hermanos míos! ¿No veis el arco iris y los puentes del superhombre?" (AHZ).
La figura del superhombre tal como aparece en La voluntad de poder, fue utilizada políticamente por el nazismo que quiso ver en él al hombre superior germánico. Pero esta interpretación es interesada. De la misma manera podría decirse también que es una imagen profética del hombre de la sociedad post-capitalista.
CRITICA DE LA CIVILIZACIÓN OCCIDENTAL
Si, como veíamos, hay un aspecto del pensamiento de Nietzsche que consiste en la afirmación, hay otro, que es el que dice no, un no rotundo a la civilización occidental. Esta crítica que Nietzsche hace a lo largo de toda su obra, sigue, sin embargo, un procedimiento similar:
-Un mismo método: el análisis filológico, histórico y psicológico que denuncia las diversas manifestaciones culturales, y para el que Nietzsche desarrolla un peculiar "olfato" (ya veremos que critica a los filósofos por carecer de él). Este método alcanza todas su posibilidades en lo que él llama "la genealogía de los valores" (que desarrolla en la Genealogía de la moral).
- Un mismo diagnóstico: el nihilismo
- Un mismo enemigo: todos los aspectos de la cultura occidental.
E1 nihilismo
"Nihilismo" es un término que alude a toda doctrina que niega las realidades o valores que se consideran importantes. También se refiere, más específicamente, a un movimiento surgido en Rusia a finales del siglo XIX tras el fracaso de las reformas de Alejandro II. Pero para Nietzsche el nihilismo es ante todo un destino, el destino a que ha llegado el hombre occidental.
La gran novedad con la que se encuentra el hombre moderno es que Dios ha muerto. Lo Divino, lo Esencial, el Bien, han sido sustituidos por el Estado, el Progreso, el Utilitarismo. Pero esta sustitución no ha liberado al hombre. Lo único que ha ocurrido es que el hombre se ha quedado desorientado, sin saber qué sentido dar a su vida. Desilusionado de las antiguas verdades, sin fe en las que se le proponen como nuevas y sin capacidad para establecer otras, el hombre moderno se abandona a la voluntad de la Nada.
Este nihilismo tiene dos caras: una negativa, a la que acabamos de aludir; pero otra positiva. El nihilismo ofrece la posibilidad de tomar conciencia de la nueva situación y desde ella emprender su superación. Así que, si por una parte es ocaso, el ocaso de los ídolos, por otra es aurora, el nacimiento de una nueva salvación. Hay que caminar hacia la transmutación de los valores. Como veremos más adelante, más que destruir una moral, la moral cristiana, lo que Nietzsche intenta es sustituirla por otra: la moral de la vida.
Crítica de la filosofía, el lenguaje y la ciencia
La filosofía occidental ha quedado corrompida desde Sócrates y Platón. Sócrates hizo triunfar la razón frente a la vida que, como decíamos, simbolizaba Diónisos. Platón fue el creador de otro mundo (el suprasensible) desvalorizando éste (el sensible). Este ha sido desde entonces el error fundamental de la metafísica occidental, un error doble: ontológico y epistemológico (o metodológico).
La ontología tradicional ha considerado siempre al ser como algo fijo, estático. Frente a esta realidad estática, sólo accesible a la razón, la realidad captada por los sentidos es para los filósofos "mera apariencia". Dividir el mundo en "verdadero" y "aparente", bien al modo platónico-cristiano o bien al modo kantiano (fenómeno - noúmeno), es una sugestión de decadencia. Es también un juicio negativo sobre la vida porque da mayor importancia al mundo ideal que al mundo de los sentidos. A esa concepción opone la concepción de Heráclito: un mundo en continuo movimiento, en continuo proceso de creación y destrucción.
Desde el punto de vista epistemológico, la filosofía tradicional se ha basado siempre en conceptos. Pero el concepto es un intento de paralización de lo cambiante. No sirve para expresar la multiplicidad de las cosas y su constante devenir. Los filósofos han traicionado y falsificado la vida. Se han convertido en sepultureros, en momificadores (lo que el denomina "egipticismo"). "Todo lo que los filósofos han venido manejando han sido momias conceptuales; de sus manos no salió vivo nada real" (El crepúsculo de los ídolos). La verdad, su verdad, ha estado siempre basada en conceptos, que no son más que un conjunto de generalizaciones e ilusiones. Mediante los conceptos no puede nunca aprehenderse la verdadera realidad, que es devenir y cambio: "Lo que es no deviene: lo que deviene no es..." Por eso es imposible que exista coincidencia entre el concepto y la realidad. La verdad, su verdad, no es más que una mentira. El mundo no es más que una representación y toda búsqueda de la cosa en sí que está detrás de esta representación es inútil.
En íntima relación con la crítica a la filosofía está la crítica al lenguaje. Nietzsche mantuvo siempre un gran interés por el lenguaje, aunque a veces quedara en gran medida oculto en sus obras. Este especial interés es sobre todo visible en unos escritos que aunque no publicó, son de la época de Basilea, en particular en Sobre verdad y mentira en sentido extramural.
Nietzsche pensó siempre que, a pesar de la importancia del lenguaje para el pensamiento (como él mismo escribiría en un papel suelto: "dejamos de pensar si nos negamos a hacerlo bajo la coerción del lenguaje"), el lenguaje está afectado por una radical incapacidad para representar la realidad. El lenguaje no puede representar adecuadamente ni la realidad ni las imágenes anímicas que producen las percepciones. Por lo demás, el lenguaje es siempre retórico, no puede representar más que opiniones, no conocimiento. Las palabras no pueden reproducir lo que las cosas son. Son representaciones metafóricas que han olvidado que lo son. Frente a la metáfora, que es intuitiva, el concepto procede por la eliminación de las diferencias, por la omisión de lo individual y lo real. Aquellos que están dominados por la rígida regularidad del concepto -"óseo y ortogonal como un dado"-, olvidan que no es más que el "residuo de una metáfora".
El hombre utiliza el entendimiento (que sólo opera con conceptos) para fingir. La ficción ha presidido el pacto que, según Hobbes, permitió la constitución de la sociedad evitando la guerra de todos contra todos. En ese pacto se instaura también el poder legislativo del lenguaje: al inventar una designación de las cosas uniformemente válida, se fija lo que a partir de entonces ha de ser 'verdad'. De ahí que lo que se considera verdad no sea más que un invento. A lo más originario que el hombre puede llegar en su interpretación es a una metáfora originaria. En definitiva la verdad no es más que "una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes; las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible; monedas que han perdido su troquelado y no son ahora ya consideradas como monedas, sino como metal".
En la construcción de los conceptos trabaja originariamente el lenguaje y más tarde la ciencia, que ha construido una necrópolis de conceptos, un andamiaje colosal que pretende ordenar y apilar todo el mundo empírico. Aunque en la época que hemos llamado ilustrada Nietzsche hace una valoración positiva de la ciencia por lo que tiene de desmitificadora, también es objeto de una dura crítica. La crítica que hace de la ciencia, como ocurre en el caso del lenguaje, se basa en su inadecuación para conocer la realidad. La matematización a que la ciencia somete a la realidad no ayuda a conocerla, porque la pura determinación cuantitativa anula las diferencias que existen entre las cosas. Querer reducir la cualidad a la cantidad es una locura y un error. La ciencia sólo conoce la cantidad, la materia y el movimiento mecánico; nada sabe sobre la pasión, la fuerza, el amor, el placer. Por lo demás, la metodología científica está basada en la metafísica porque está inspirada en la lógica. En definitiva, Nietzsche afirma que la pretensión del científico de que sólo su interpretación de la realidad es la correcta, no es más que una ingenuidad. Para él la interpretación científica es sólo una de las múltiples interpretaciones posibles. A todo eso hay que añadir que la ciencia está al servicio de unos intereses creados: los del Estado ("el monstruo más frío de todos los monstruos"). En este sentido sostiene que la ciencia ha dado un golpe de estado desbancando a la religión.
La crítica de la moral
La moral es objeto de la crítica más feroz que realiza Nietzsche. La moral platónico-cristiana es una moral contranatural que va dirigida contra los instintos de vida. Nietzsche denuncia una moral que según sus criterios, establece valores que hacen buenos a los miserables, los pobres, los que sufren, los enfermos, los deformes. Como dice Jesús en el Sermón de la Montaña, ellos son "los únicos benditos de Dios, únicamente para ellos existe la Bienaventuranza". La moral cristiana no es más que el producto del resentimiento de los débiles y esclavos. Es una moral de esclavos. Fueron los judíos los que se atrevieron a invertir la identificación aristocrática de los valores (bueno= noble= poderoso= bello= feliz= amado de Dios) y a mantener con odio esa inversión: "los miserables son los buenos; los pobres, los impotentes, los bajos, son los únicos buenos; los que sufren, los indigentes, los enfermos, los deformes son también los únicos piadosos". En cambio los nobles, los violentos, los crueles, los lascivos, los insaciables, los ateos, son los malvados.
Frente a esa moral de esclavos está la "moral de los señores", que se caracteriza porque sus valores residen en la fortaleza, el poder, el dominio, la audacia, la astucia. El señor es fuerte, domina a los demás y sabe dominarse; desprecia la debilidad, la cobardía, el miedo, la humildad, la bajeza, la mentira. Pero sobre todas las cosas, lo que caracteriza a esa moral es su amor a la vida. La moral cristiana logró invertir los valores poniendo el centro de gravedad del hombre no en esta vida, sino en la otra. De esta forma "la vida acaba donde empieza el Reino de Dios". El cristianismo ha impuesto su sistema de valores a la cultura occidental. El sacerdote cristiano no es más que el continuador del sacerdote judío. Su moral no es otra cosa que efecto del resentimiento, un síntoma de decadencia, de nihilismo.

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